martes, 14 de abril de 2015

EL YO PERSONAL

Cuando llamamos al portal de nuestra casa y una voz miliar pregunta ¿quien es? probablemente habremos respondido muchas veces simplemente: yo. En cierto sentido, esta respuesta es totalmente superflua. Todos somos un yo. Pero, desde otra perspectiva, es la respuesta mas correcta y radical a una voz conocida y familiar porque con ella hago referencia a lo mas profundo de mi ser, a mi raíz ontológica y a mi identidad personal. Tocamos aquí el núcleo central, y último de la persona, la realidad a la que llamamos "yo". Hemos visto que somos cuerpo, libertad,inteligencia, pero con ninguno de esos aspectos nos hemos podido identificar completamente porque en ninguno de ellos late lo mas esencial de la persona. Aparece solo de modo oculto, como presupuesto y fundamento, porque cuando hablamos del cuerpo o de la libertad lo que en realidad estamos pensando es: "yo soy corporal", "yo soy libre". Y ese yo, núcleo ultimo con le que realmente nos identidificamos, es el que debemos considerar a continuación.

1. LA CONCIENCIA
a) un breve recorrido histórico
El camino que nos lleva hasta el yo es la conciencia entendida como subjetividad. Y el hecho de que la filosofía no haya captado este aspecto con la necesaria profundidad hasta épocas recientes ha tenido como consecuencia que tampoco se haya ocupado del yo en cuanto tal. La filosofía clásica y particularmente, la medieval se ocuparon de la conciencia fundamentalmente desde el punto de vista de la acción y de su moralidad. Para que una acción tuviera calificación moral era necesaria la advertencia por parte del sujeto y la reflexión se enfocó principalmente desde esta perspectiva: la conciencia como advertencia de la acción, como darse cuenta de que estoy actuando y de que esa acción es voluntaria. La escolástica estaba centrada en el objeto y, por eso mismo, le resulto generalmente muy difícil ser consciente del sujeto y de su interioridad.

La reflexión sistemática sobre la conciencia en cuanto tal es obra propiamente de la modernidad y se puede considerar a Descartes como su iniciador. El cogito "pienso, luego existo", se sitúa ya en la perspectiva propia de la conciencia, es decir, en el interior del sujeto. "Yo, sujeto, pienso", es la afirmación implícita en la tesis cartesiana que consagraba a la conciencia como primera categoría filosófica. El descubrimiento cartesiano tuvo una repercusión trascendental y lleno un hueco que la filosofía precedente no había sabido colmar. Sin embargo, pronto se vio frustrado y desbordado por su falta de anclaje ontológico. La conciencia de Descartes pendía en el aire, no estaba radicada en el ser y, por eso, con el paso de los siglos y los desarrollos de elaboraciones de diversos pensadores (Kant y Hegel principalmente) acabo convirtiéndose ella misma en el ser, en lo absoluto. La conciencia pasó de ser una propiedad de la persona, a ser conciencia pura en el racionalismo y, posteriormente, en Hregel, autoconciencia absoluta, el sujeto por excelencia en la evolución de lo real.

Esta posición, sin embargo, comenzó a debilitarse a partir del siglo XIX. La reivindicación del individuo por parte de Kierkegaard inicio la crisis del sistema hegeliano y los descubrimientos científicos sobre diversas estructuras inconscientes, obligaron a una revisión drástica y a la baja de la noción de conciencia. Darwin postuló que existían mecanismos no controlados que determinaban algo tan esencial como la evolución de las especies y, consecuentemente, del hombre. Y Freud mostró a su vez, oponiéndose en esto frontalmente al racionalismo, como dentro del hombre existían estructuras inconscientes que el yo solo controlaba de manera deficiente o nula y que, sin embargo, influían de modo relevante en su personalidad. Por ultimo, otros investigadores mostraron como la sociedad también intervenía de manera consistente, pero a través de mecanismos oscuros en la formación de la identidad de la persona.

En resumen, la modernidad descrubrió la conciencia y la subjetividad aunque, al no encadenarla a la persona, abrió la vía para el idealismo, A su vez m el siglo XIX puso de manifiesto la existencia del inconsciente, hecho humillante para el idealismo y el racionalismo, y con ello estableció las bases de la postura vigente sobre la persona: el hombre no es un ser autotransparente frente a su propia inteligencia, sino un sujeto carnal, pulsional y oscuro, con una conciencia de sí solo parcial.

b) Las dimensiones de la conciencia
b.1) La conciencia como ser consciente de
El sentido mas evidente y mas directo de conciencia es el de ser consciente. Cuando actúo, por ejemplo, soy consciente de que estoy actuando; no realizo la acción de modo irreflexivo y oscuro sino que, al ponerla en acto, de un modo misterioso me doy cuenta de que estoy poniendo esa acción, de que esta surgiendo de mi interior y de que esta allí existiendo. En cierto sentido, como dice Wojtyla, esta dimensión de la conciencia es como poner los objetos (las acciones, las experiencias, las vivencias) en la luz; la conciencia los ilumina y puedo verlos y decir: están ahí, están sucediendo y yo soy consciente de ello.

Es importante advertir, de todos modos, que la conciencia entendida de este modo ni es intencional ni es cognoscitiva. Es decir, en sentido estricto, la conciencia no conoce el objeto (esto es misión de la inteligencia), sino que lo que hace es iluminarlo para que la persona se de cuenta de lo que esta conociendo, experimentando o viviendo. Dicho de otro modo, puedo llorar o reir, gozar o sufrir, conocer o querer, pero la conciencia no hace nada es eso, Su misión primera y fundamental es permitirme darme cuenta de que rio o de que lloro, de que estoy conociendo o de que estoy amando, es decir, permitirme ser conciente de mi propia vida.

b.2) La conciencia como lugar de la subjetividad
La conciencia como "ser consciente de" es el aspecto que consideró principalmente la filosofía medieval. La conciencia del acto. Soy consciente de que actuó y por eso, entre otras cosas, soy moralmente responsable. Pero esta dimensión, aun siendo importante, no es la fundamental. El papel esencial de la conciencia consiste en constituir el lugar del yo y de la subjetividad. ¿Qué significa esto exactamente? Significa que somos personas no solo porque seamos consciente de nuestra actividad, sino por algo mucho mas profundo que posibilita ese darse cuenta, por la existencia de un espacio interior en el que vivimos y habitamos, en el que introducimos y arraigamos nuestras experiencias, del que surgen nuestros sentimientos, nuestros amores y nuestros odios y al que vuelven una vez mezclados y enfrentados con el mundo.
Ese espacio interior es como el escenario de nuestra vida de donde proceden y a donde retornan los fenómenos psíquicos particulares, es el lugar antropológico de la subjetividad y es, por eso mismo, la puerta filosófica del yo que no puede existir sino es amparado y acogido por la subjetividad y es, por eso mismo, la puerta filosófica del yo que no puede existir sino es amparado y acogido por la subjetividad. Y la existencia de este espacio es posible gracias a que la segunda dimensión de la conciencia consiste "en formar la experiencia vivida, lo que permite al hombre experimentar de modo particular la propia subjetividad".

La conciencia tiene, pues, dos dimensiones. una por la que nos damos cuenta de nuestros actos y, otra, la mas fundamental, por la que los vivimos interiormente. Ambas se implican mutuamente en la existencia real, por lo que puede ser difícil distinguirlas, pero un análisis atento nos muestra con claridad la linea sutil que las separa como sucede cuando, al contemplar un paisaje, somos conscientes (1) de que estamos contemplándolo y (2) vivimos interiormente esa contemplación.

b.3) Otras características de la conciencia.
La conciencia, pese a su importancia, y aquí es donde de nuevo se produce el escandalo de los idealistas, no es inalterable o constante. Hay momentos en los que desaparece por completo (sueño, perdida de conciencia por golpes o debilidad, etc.) y otros en los que puede aumentar o disminuir (somnolencia, ebriedad o cansancio). No es siempre clara y lúcida."la claridad de la conciencia, indica Jaspers, exige que tenga claramente ante mi lo que pienso, lo que se y lo que quiero, lo que hago, lo que pienso, mi vivencia, la vinculación a mi yo, y que se mantenga en conexión por el recuerdo". Pero esto no siempre sucede. Además tampoco es homogenea. No tengo conciencia de todo del mismo modo y con la misma intensidad. Hay un punto central en el que se focaliza su haz de luz y que, por eso, lo vivo con particular intensidad pero hay también un campo o atmosfera alrededor de ese núcleo del que tenemos conciencia de un modo mucho menos intenso porque queda desenfocado y como a oscuras (la "sombra" de C. G. Jung).

Puede ser interesante señalar, por ultimo, que algunos autores han hablado de una tercera dimensión de la conciencia, la del autoconocimiento o conocimiento de la conciencia entorno a si misma,. Pero, en realidad, aquí no estamos propiamente frente a una dimensión de la conciencia, sino frente a una actividad del intelecto. Cuando el sujeto se conoce a sí mismo (y esto es el autoconocimiento) realiza una actividad intelectual que no depende directamente de la conciencia porque ya hemos dicho que esta no es cognoscitiva ni intencional. A su vez, la conciencia de esa actividad, de ese autoconocimiento, se reduce a las dos dimensiones que ya hemos descrito: ser consciente de ese autoconocimiento y vivirlo.

2. EL YO COMO NÚCLEO ÚLTIMO DE LA PERSONA.
La conciencia es la que abre el camino al yo  atraves de la subjetividad. En ese espacio interior es donde radica el centro de nuestra propia persona: el yo sustancial, la raiz de nuestro ser, el punto de convergencia de nuestra vida.

PROPIEDADES DEL YO
No es dificil definir al yo del que, sin embargo, tenemos una experiencia cotidiana y esencial ya que no somos nosotros mismos. ¿Que hay mas radical que el yo? ¿Que mas profundo o decisivo? Por el yo somos sujetos y entramos en la categoria de los seres espirituales que trascienden a la caducidad de las cosas, pero aferrar su esencia y sus características es tarea harto difícil.

  • AUTOCONCIENCIA

Es una propiedad que le permite al yo saber que existe en lo más profundo de la persona y por lo tanto se desarrolla y vive como parte profunda del mismo, todo lo que sucede se dentro del yo y este toma conciencia de ello.

  • AUTOPOSESIÓN

El yo se maneja en el nivel más profundo del ser, por lo tanto ese es su espacio y nada ni nadie puede interferie en el, por eso el yo se posee a sí mismo, ya que posee el contro de la intimidad o interior del ser, que es donde este se desarrolla.

FUNCIONES DEL YO

  • Fuente de actividad

Es el yo que le permite a la persona actuar y decidir cualquier actividad que realiza esta, está tomada y formulada desde su yo interior.

  • Unicidad

La persona está formada por muchas partes tanto subjetivas o espirituales como materiales o físicas, sin embargo todas y cada una de ellas influye en el yo, que es único y es la parte más profunda y central de la persona. Es de hecho el yo, el que une todas esas partes que conforman a la persona y le brindan unidad.

  • Permanencia en el tiempo

El tiempo pasa y físicamente la persona cambia, pero su interior su yo permanece con el paso del tiempo, es decir esencialmente sigue siendo el mismo, su yo es el mismo.


  • Ser sujeto

El yo brinda al ser unicidad y sentido a la vez, identidad y lo coloca como un sujeto frente al mundo, con su capacidad para tomar decisiones y de actuar frente al mismo, el que se vuelve objeto sobre el cual es sujeto (el yo) actúa, es decir su exterior sea esta la realidad externa o algún otro sujeto (otro yo).

  • Personalidad e identidad

El yo de cada persona es distinto, no hay dos yo idénticos y es esto lo que brinda identidad al ser, ya que lo vuelve único y con características propias incapaces de ser encontradas en alguien más.


Como la metafísica explica el eclipse y la subsistencia del yo.


Todas aquellas circunstancias bajo las cuales el ser humano pierde conciencia ( estados de enfermedad, enfermedades mentales, el sueño REM, estados de coma etc., ) hacen de igual manera que el yo deje de subsistir, es precisamente en estas ocasiones en las cuales el yo esta eclipsado, sin embargo la persona no deja de existir necesariamente ante la ausencia del mismo, al contrario existen ocasiones en las que subsiste a pesar de la ausencia o eclipse del yo, es decir el yo es una propiedad del ser por el cual toma conciencia de sí mismo y de su alrededor, sin dejar de influir totalmente en la subsistencia del ser personal.


Relación de la identidad personal con el yo personal.


Todas las personas poseen similitudes, de carácter, de comportamiento, de pensamiento etc. Sin embargo cada persona posee ciertas características únicas las cuales son las que le brindan la capacidad de ser irrepetible e insustituible en la realidad en las que se desenvuelve, esta características únicas son las que le brindan identidad como ser, es decir todo aquello que lo identifica como ser individual e insustituible es lo que constituye su identidad, ahora bien esta identidad a pesar de sufrir cambios en cada etapa de la vida por la cual atraviesa el ser personal, esta identidad es precisamente dada por su dimensión más interna, lo más profundo del ser, su centro es decir su yo personal, a través principalmente de su característica de unicidad. Por ello es que existe una relación directa entre el yo personal y la identidad personal, ya que está en gran medida es otorgada por el yo personal.


Influencia de los momentos de nuestra vida en nuestra identidad personal.

La identidad personal es algo único y diferente en todas las personas está constituida por todas aquellas características que le brindan al ser su unicidad en la realidad en la cual vive, esta identidad está en constante cambio y evolución, existen muchas circunstancias en la vida del ser humano que lo obliga a adoptar cierta posición, carácter o actitud que viene al mismo tiempo a cambiar su identidad personal, es decir que ser humano se enfrenta a una realidad que obliga a tomar una postura distinta en cada etapa de la vida formando así su identidad acorde a su etapa, de hecho una de estas etapas de la vida en la cual se considera que la identidad personal sufre muchos cambios es en la adolescencia, ya que el joven busca ser aceptado y encajar en algún grupo determinado, sin embargo existen épocas de la vida en las cuales esta identidad se considera asentada y no sufre mayores cambios, siempre y cuando el ser se encuentre satisfecho con su realidad basado en lo hecho durante las etapas previas de su vida, precisamente en la edad de los 40, y la vejez cuando esto sucede, esto es así ya que la adultez mayor ya no se busca encajar, si no se sacan experiencias de sus etapas previas y su identidad se vuelve menos modificable. Precisamente en esta etapa de los 40 y la vejez los únicos y pocos cambios que la identidad personal puede sufrir será reforzándola o modificándola radicalmente pensando en función de que su periodo de existencia como persona esta pronto a llegar a su fin.

Aportes valiosos de la teoría Freudiana.


Según la teoría Freudiana existe el “Ello, el yo personal y el súper yo” El yo evoluciona según la edad y las distintas exigencias de su realidad exterior, de igual manera es quien le brinda identidad al ser ya que es su estructura más profunda, Freud considera que existe un “ ello” al cual le remite la parte más primitiva e innata de la persona, la cual se encarga de llevar al ser a actuar en casos de necesidades primitivas del mismo, como el hambre, lo sexual, la agresión o impulsos racionales, es decir todo aquello que traemos al nacer, ósea son aquellos impulsos o necesidades más elementales. Así también  considera que el “súper yo” es aquel el cual contrarresta al “Ello”, representa aspectos morales y éticos de la persona que los ha adoptado cada uno a partir de la cultura en la cual se desenvuelve.

Considera que los tres antes mencionados son parte inherente del ser personal y son los que le brindan su identidad a través de las distintas etapas de la vida. De igual manera importante es  destacar que Freud estableció un modelo estructural de la conciencia del ser la cual está basada en el funcionalismo del yo personal.

Aportes de los nuevos discípulos de Freud a su descubrimiento el inconsciente.


Partiendo del hecho que el inconsciente es la ausencia de conciencia, David Rapaport sistematizo el modelo estructural de la conciencia del ser establecido por Freud.

Arlow y Charles Brenner discutieron que la teoría de Freud de los sistemas conscientes, preconscientes e inconscientes de la mente deben ser abandonados y el modelo estructural debería ser usado como la única teoría psicoanalítica de la mente.

El yo y su relación con la subjetividad.


Si consideramos que la subjetividad se refiere a los puntos de vista particulares que un individuo sostiene y que ellos se encuentra en la estructura más profunda del ser, entonces el tomar en cuenta esta subjetividad que se ve establecida dependiendo del nivel de conciencia que posee la persona y considerando de igual forma que esta conciencia forma parte del yo, entonces se puede concluir que la realidad interior del ser profunda, esta subjetividad del mismo por lo tanto está directamente relacionada en su estructura más profunda con el yo personal en influenciada directamente por el mismo.


René Descartes (Descubrió la "conciencia")

Sigmund Freud (Descubridor del "Inconsciente")





domingo, 12 de abril de 2015

EMMANUEL MOUNIER Y EL PERSONALISMO


EMMANUEL MOUNIER (1905-1950)

Según el creador del movimiento personalista, Emmanuel Mounier, «personalismo» fue usado en primer lugar como concepto por el poeta norteamericano Walt Witman en su libro "DEMOCRATIC VISTAS" (1867) y entró en filosofía de la mano del oscuro pensador catalán del norte, "RENOUVIER" que definió con esta palabra su sistema filosófico en 1903. Sin embargo, en su uso moderno, «personalismo» es una escuela filosófica muy concreta, que se origina en la obra de Mounier y en la revista “ESPRIT” a partir de la fundación del movimiento en la localidad pirenaica de Font-Romeu en agosto de 1932.

La filosofía personalista es la expresión del existencialismo católico o, si se prefiere, del “inconformismo religioso” que se desarrolló principalmente entre católicos en Francia, pero también, y simultáneamente, en pequeños núcleos judíos y protestantes de Alemania, en las décadas de 1930 a 1950. Las raíces del «personalismo» habría que buscarlas en la ética fenomenológica de Jaspers y de Max Scheler (autor de "NATURALEZA Y FORMAS DE LA SIMPATÍA"; "EL SENTIDO DEL SUFRIMIENTO"; "EL GENIO", "EL HÉROE", "EL SANTO"; "LA IDEAL DEL HOMBRE Y LA HISTORIA", etc.) así como en la filosofía de Alain, un profesor de bachillerato que consiguió una singular audiencia (entre sus alumnos estuvo, por ejemplo, Simone Weil) en ambientes cristianos.

El «personalismo» no propugna una filosofía de la historia, ni una antropología, ni una teoría política, sino que se tiene a sí mismo por un movimiento de acción social de tipo cristiano que une fuertes elementos comunitarios con la reflexión conceptual de raíz teológica sobre el sentido transcendente de la vida. De ahí que a los personalistas no les guste considerase como militantes de un sistema o de una “ideología”, sino que asumen el personalismo como una “orientación” de la vida en sentido comunitario. Así el «personalismo» consiste, más que en una teoría cerrada, en una “matriz filosófica” cristiana, o una tendencia de pensamiento dentro de la cual son posibles matices muy diversos pero que tiene en común asumir la perspectiva creyente y la condición dialógica de la persona, es decir, la apuesta por el diálogo comunitario, como condición que hace posible la filosofía. Para comprender su propuesta es necesario asumir, casi como un axioma, o como una regla de vida, que “persona” significa mucho más que “hombre”, e incluso simboliza lo contrario de “individuo”.

Los principales autores personalistas son:

· Emmanuel Mounier: ("MANIFIESTO AL SERVICIO DEL PERSONALISMO"; "EL PERSONALISMO" y especialmente la revista “ESPRIT”, órgano del movimiento)
· Gabriel Marcel: ("SER Y TENER"; "DIARIO METAFÍSICO"; "LOS HOMBRES CONTRA LO HUMANO")
· Jean Wahl: ("ESTUDIOS KIERKEGAARDIANOS")
· Jean Lacroix: ("PERSONA Y AMOR"; "EL PERSONALISMO COMO ANTIIDEOLOGÍA")
· Martin Buber: ("¿QUÉ ES EL HOMBRE?"; "YO Y TU")
· Paul-Ludwig Landsberg: ("EXPERIENCIA DE LA MUERTE").

Éste último, judío de origen alemán, fue ayudante de cátedra de Scheler y, tras las leyes antisemitas de Hitler se trasladó primero a París, donde participó en el “Colegio de Sociología” y, posteriormente, a Barcelona, llamado por Joaquín Xirau para formar parte del profesorado de la Universidad Autónoma; de manera que ambos pueden ser considerados los iniciadores del personalismo filosófico en Catalunya y en España. Landsberg terminó sus días suicidándose, según parece, con una dosis de cianuro, en un campo de concentración nazi. El personalismo, por su esencia democrática, se desplegó de una forma muy significativa en Catalunya; tanto antes como después de la guerra de 1936-1939 floreció un importante movimiento religioso y cultural cuyo autor más significativo fue el abogado y escritor Maurici Serrahima, amigo personal de Mounier y colaborador de “Esprit”. La viuda de Mounier, Paulette, fue incluso detenida en Barcelona bajo el franquismo, el 29 de enero de 1969, durante el estado de excepción al reunirse con jesuitas e intelectuales antifranquistas. El personalismo español en lengua castellana fue, sin embargo muy minoritario antes de la guerra, limitándose a la revista “Cruz y Raya” de José Bergamín y a las colaboraciones en “Esprit” de José María de Semprún y Gurrea, padre del escritor antifascista Jorge Semprún.

Muchos intelectuales católicos han tenido relación con el movimiento personalista: puede considerarse también «personalista» alguna obra del neotomista Jacques Maritain (especialmente "HUMANISMO INTEGRAL"). Junto a la filosofía, el personalismo ha tenido un importante componente literario; la obra de Mounier es difícil de comprender sin la literatura de Charles Péguy. A lo largo de los años centrales del siglo 20 hay una novelística importante de tipo personalista que se expresa en las obras de Graham Green ("EL PODER Y LA GLORIA"; "EL FONDO DEL PROBLEMA") o de Aldous Huxley ("EL MEJOR DE LOS MUNDOS"; "CIEGO EN GAZA"). Sin embargo, el autor que desde el punto de vista literario encarna mejor el ideal personalista es Saint-Éxupery ("EL PRINCIPITO", "VUELO NOCTURNO", "CARTA AL GENERAL" y, especialmente, ese texto hermoso por hermético que es "CIUDADELA").

El personalismo, aunque ha contado con autores judíos (Buber, Landsberg, Levinas), y protestantes (Ellul) es un existencialismo básicamente católico y jugó un papel fundamental en la renovación del pensamiento eclesiástico previo al Concilio Vaticano II que, asumiendo gran parte de sus tesis sobre la relación entre Iglesia y mundo seglar, lo dejó casi sin objeto. De hecho, la revista “Esprit” se ha movido políticamente desde hace más de medio siglo en la órbita del socialismo democrático intelectualizado.
En tanto que existencialismo leído en clave creyente, el movimiento personalista substituye el nihilismo desesperado por la esperanza transcendente y por la experiencia comunitaria. De hecho, todos los personalistas comparten el diagnóstico de Scheler en "LA IDEA DEL HOMBRE Y LA HISTORIA" según el cual:

«En ninguna época han sido las opiniones sobre la esencia y el origen del hombre más inciertas, imprecisas y múltiples que en nuestro tiempo. Muchos años de profundo estudio consagrado al problema del hombre dan al autor el derecho de hacer esta afirmación. Al cabo de unos diez mil años de historia, es nuestra época la primera en que el hombre se ha hecho plena, íntegramente “problemático”; ya no sabe lo que es pero sabe que no lo sabe. Y para obtener de nuevo opiniones aceptables acerca del hombre, no hay más que un medio: hacer, de una vez “tabula rasa” de todas las tradiciones referentes al problema y dirigir la mirada hacia el ser llamado “hombre”, olvidando metódicamente que pertenecemos a la humanidad».

El hombre es “persona” en la medida en que no se esconde en la masa, ni se deja negar por la tecnología, ni cae en abstracciones conceptuales individualistas. El personalismo se constituye –a la vez– como lo contrario al colectivismo, donde el sujeto se convierte en número, y como lo contrario al individualismo, que nos vuelve incapaces de comunicarnos. En palabras de Mounier: «el individividuo es la dispersión de la persona en la materia, dispersión y avaricia». En "EL PERSONALISMO", Mounier afirmará que: «La persona no crece más que purificándose del individuo que hay en ella». Contra el individualismo, propio de una sociedad despersonalizada, se reivindica que “Persona” es un ser concreto (que no subjetivo) y por ello relacional y comunicativo, es decir, “comunitario”. En el "MANIFIESTO AL SERVICIO DEL PERSONALISMO", Mounier la define así:

«Una persona es un ser espiritual constituido como tal por una manera de subsistencia e independencia de su ser; mantiene esta subsistencia por su adhesión a una jerarquía de valores libremente adoptados, asimilados y vividos por un compromiso responsable y una conversión constante: unifica así toda su actividad en la libertad y desarrolla por añadido a golpe de actos creadores la singularidad de su vocación».

Es en la comunidad, en la relación concreta de comunicación con los demás, donde realmente se constituye la persona. Para el personalismo, los dos conceptos básicos que dan unidad al pensamiento son “Persona” y “Amor”. Ambos conceptos se han encontrado también en el pensamiento liberal y en el romanticismo pero con otra significación radicalmente distinta; según el movimiento personalista el significado que de ellos se ha dado, incluso en el ámbito creyente, ha sido puramente instrumental y alienante. El socialismo marxista tiene razón en denunciar el idealismo y la ñoñería de ambos conceptos porque se ha tendido a pensarlos como puras abstracciones, descarnadas. Cumple, pues, cambiar le punto de vista desde el que se ha reflexionado sobre ellos. La persona debe ser comprendida desde un punto de vista relacional: «Encontrarse dos en recíproca presencia» permite que cada cual se haga persona. En "YO Y TU", por su parte, Buber definirá el Amor como «El milagro de una presencia exclusiva» y como «la responsabilidad de un Yo por un Tu».

El hecho de que esta relación sea profunda, íntima, está en absoluta contradicción con el cosmpolitismo burgués, heredado del Renacimiento y de las Luces. En tal sentido, Mounier era taxativo. En su texto de 1935 "REVOLUCIÓN PERSONALISTA Y COMUNITARIA" se lee:

«Quizá solamente quien ha penetrado profundamente en Dios, es capaz de amar a todos los hombres en Dios (...) Yo no amo a la humanidad. No trabajo por la humanidad. Amo algunos hombres, y la experiencia me ha resultado tan fértil que por ella me siento ligado a cada prójimo que atraviesa mi camino».

“Persona” y “Amor” deben ser considerados, pues, no desde el punto de vista simbólico, o como abstracciones conceptuales, sino como transcendentales y como expresión de la sacralidad de la vida; por eso mismo el personalismo tiene una profunda vocación pedagógica: se trata no sólo de amar, sino de educar para el amor y la trascendencia a una nueva humanidad: Educar no consiste en hacer –y hacernos– “mejores personas”, sino en “despertar” a la persona, pues como dice en EL PERSONALISMO: «Por definición, una persona se suscita por una llamada, no se fabrica por domesticación». El sentido de una pedagogía personalista puede encontrarse también en la llamada que realizó el papa Pío XII después de la 2ª Guerra Mundial ("ALOCUCIÓN A LOS MIEMBROS DEL CONGRESO INTERNACIONAL DE FILOSOFÍA, Roma, nov. 1946"):

«Educad a una nueva generación en el sentimiento de una verdadera humanidad. Que sea sagrado para la juventud todo lo que tiene rostro humano: sagrada la familia; sagrados todo pueblo y toda nación, como le son sagrados su propio pueblo y su propia patria. Que su espíritu se vuelva hacia Dios, Padre común de todos, y en el que la filosofía encuentra su norma sublime y su más alta justificación».

La concepción personalista del mundo es claramente contraria a la versión que sobre el hombre ofrece la ciencia positiva, en la medida que para esta filosofía lo humano es, por definición «Cualitativo» y, por tanto, ajeno al modelo descriptivo, cuantificable y analítico de las ciencias, que se daba por supuesto en el mundo académico francés desde la fundación de la “Sociedad de Biología” (1848) y de la “Sociedad Médico-Biológica” (1855). La ciencia positivista, para un personalista, describe al hombre “desde fuera” pero lo ignora interiormente o lo considera, como Freud, sólo como pulsión de placer, que es tanto como decir de dominio. Pero el hombre tiene aspiraciones morales, estéticas y religiosas que la ciencia no recoge, ni comprende. El hombres es «Persona», es decir, consciencia interior más allá de la pura materia. Y esa consciencia es, además, relacional, es decir, está abierta a lo religioso (en cuanto que “religa”) y a lo comunitario. En cuanto «Persona» el hombre no es sólo cuerpo sino también alma.

De ahí que realizar el imperativo pindárico y goethiano: «Llega a ser lo que eres» en un contexto cristiano significa empeñarse en construir nuestra capacidad de ser persona, cualitativamente, en el conjunto de las relaciones que nos constituyen. Sólo por el amor se accede a la persona. De ahí la importancia del “testimonio” que se da mediante la propia vida por encima incluso de la acción política. El personalismo se ve a sí mismo como una teoría de la esperanza. "En EL PEQUEÑO MIEDO DEL SIGLO XX", Mounier escribió que: «El nihilismo, del que se desprende el espíritu de catástrofe, es una reacción masiva de tipo infantil. Bien sabéis cómo los seres débiles, los niños, los enfermos, los nerviosos, se desalientan, (...) Pues bien, la angustia de una catástrofe colectiva del mundo moderno es, ante todo, en nuestros contemporáneos una reacción infantil de viajeros incompetentes y alocados». Una sociedad personalista sería, pues, la consecuencia de una actitud comunitaria, que sitúa la comunicación (la “fraternidad”, entendida como virtud cristiana y no como imperativo republicano) en el centro de la acción política.

Mounier en "EL PERSONALISMO" (Cap. “La Comunicación”) esbozó los cinco puntos que se hacen necesarios para que pueda llegar a desarrollarse una sociedad personalista y comunitaria. Se trata de:

1.- Salir de sí mismo: 
Luchar contra el “amor propio”, que hoy denominamos egocentrismo, narcisismo, individualismo.

2.- Comprender: 
Situarse en el punto de vista del otro, no buscar en el otro a uno mismo, ni verlo como algo genérico, sino acoger al otro en su diferencia.

3.- Tomar sobre sí mismo, asumir: 
En el sentido de no sólo compadecer, sino de sufrir con el dolor, el destino, la pena, la alegría y la labor de los otros.

4.- Dar: 
Sin reivindicarse como en el individualismo pequeño burgués y sin lucha a muerte con el destino, como los existencialistas. Una sociedad personalista se basa, por el contrario, en la donación y el desinterés. De ahí el valor liberador del perdón.

5.- Ser fiel: 
Considerando la vida como una aventura creadora, que exige fidelidad a la propia persona.
Asumir al individuo como «persona» no significa perderse en un espiritualismo más o menos platónico, o sublimar un “doble” imaginario de los humanos concretos, sino aceptar que el sujeto humano es carne espiritualizada, transcendida en cuanto que el amor (imagen de un Amor divino, con mayúsculas) se vive en lo concreto, y en lo material –por eso mismo el movimiento personalista, tras un breve instante de firteo con el colaboracionismo de Vichy, se alineó con los comunistas en la Resistencia antinazi. En palabras de Mounier, la persona es «existencia encarnada» y olvidar eso conduce a despersonalizar a los humanos. Como escribió Mounier en "EL PENSAMIENTO DE CHARLES PÉGUY": «ya es hora de sacar la palabra “mística” de los eriales».

«Amar realmente a un ser, es amarlo en Dios», escribió Gabriel Marcel. O en otras palabras, el personalismo quiere fundar un nuevo humanismo cuyo sentido último se halla en la idea de la persona como expresión del amor divino. Maritain, por su parte, lo expresa así en "HUMANISMO INTEGRAL": «La idea discernida en el mundo sobrenatural que sería como la estrella de ese nuevo humanismo, no sería ya la idea del sagrado imperio que Dios posee sobre todas las cosas; sería más bien la idea de la santa libertad de la criatura a quien la gracia une a Dios».
Por eso el personalismo es radicalmente antiliberal en la medida en que no acepta la idea de los humanos como meros “átomos sociales”; a la idea de libertad le opone la de comunidad: ese es el único ámbito en que la libertad resulta pensable. La sociedad es, ante todo, una comunidad de almas, es decir, una totalidad construida como suma de esfuerzos conjuntados en que lo material, como quería el poeta Maragall “no es más que símbolo”. El liberalismo conduciría a lo que Mounier llamará “existencia dramática” es decir, a la que ve el tiempo (y el Ser) no como plenitud, sino como vacío, que se expresa filosóficamente en el existencialismo sartriano.

El enfrentamiento con Sartre, a quien Mounier pretendió ningunear en su "INTRODUCCIÓN A LOS EXISTENCIALISMOS" (lo sitúa en la rama izquierda del “árbol existencialista” cuyo tronco es Kierkegaard y en cuya base está Pascal para hundir sus raíces en San Agustín) no tiene tanto que ver con el ateísmo cuanto con lo que Mounier denomina: «el ala mundana», la moda burguesa del decadentismo.

PROBLEMA Y MISTERIO

Gabriel Marcel (1889–1973) es autor de un texto en que relata la experiencia personal de su conversión al cristianismo, DIARIO METAFÍSICO (1927). Su aportación principal al personalismo consistió en distinguir entre «problema» y «misterio».

· PROBLEMA: es lo que la razón puede resolver, lo que aparece ante uno mismo, lo que se puede plantear de una manera objetivable, objetiva y distanciada. Todo problema es una cuestión técnica.

· MISTERIO: es todo aquello que no pude resolverse de forma objetiva ni racional; el misterio transciende toda solución y sólo permite la confianza y, si corresponde, la adoración.

El ser, y específicamente, el ser humano, es un misterio profundo y, como tal, transciende toda solución. En la medida en que lo humano es incapaz de perdurar, cualquier “yo” pierde sentido ante el misterio que, en cambio, permanece siempre. Fidelidad, amor y admiración son los valores que nos constituyen, en tanto que humanos, ante el misterio. Asumiendo que el hombre, en tanto que persona, corresponde la categoría de “misterio”, Mounier dará un paso más considerando que su filosofía no es un estudio sobre el hombre, sino un «combate por el hombre».

LOS TEMAS BÁSICOS DE EMMANUEL MOUNIER (1905-1950)

Emmanuel Mounier (1905-1950), el líder del movimiento personalista y sin duda su principal ideólogo, corre el peligro de convertirse en un autor olvidado, sólo apto para uso en contextos clericales; ciertamente murió con sólo 45 años y buena parte de su obra es estrictamente “de combate”, pero aunque su retórica tiene algo de crispado y su vocabulario suena hoy a “años 30”, su obra no debiera interesar sólo en el mundo eclesiástico: no es ocioso recordar que uno de los principales teóricos de la postmodernidad, Jean-François Lyotard, se inició en “Esprit” y otro de los puntales del movimiento, Gianni Vattimo, fue personalista en origen.

Mounier pretendió pensar una filosofía cristiana conscientemente contemporánea en un momento en que cristianismo y modernidad se habían dado (¿definitivamente?) la espalda. Por eso mismo su obra no pude entenderse sin advertir que se trata de la respuesta creyente a la filosofía de la sospecha (Marx, Nietzsche, Freud). Sin embargo, y paradójicamente, Mounier (y de ahí su influencia sobre Lyotard y Vattimo) anuncia sin saberlo la postmodernidad al proponer “Refaire la Renaisance” [rehacer o reconstruir el Renacimiento] como objetivo de un pensamiento católico que no puede estar frontalmente contra la modernidad sino que debe mostrar la insuficiencia del modelo humanista (e individualista) heredado del renacimiento y de la ilustración. Mounier estaría perfectamente de acuerdo con Gianni Vattimo cuando, en "CREER QUE SE CREE", (1996) el filósofo italiano dice que: «El Evangelio es más amigable respecto a la razón (tardo) moderna y sus exigencias de lo que una concepción, en el fondo autoritaria, de la salvación me quiere hacer creer», o que: «La verdad del cristianismo es sólo la que se produce cada vez a través de las “autentificaciones” que advienen en diálogo con la historia, y con la asistencia del espíritu, como ha señalado Jesús».
Rehacer el Renacimiento significa optar por explicar el mensaje de Jesús a través del camino de Erasmo de Rotterdam en vez de hacerlo por el de Lutero o Descartes. Se trata de un pensamiento “moralista” que, por decirlo con Lucien Guissard, «toma conciencia del desorden», como alternativa a un pensamiento mecanicista que, en su opinión, conduce a la degradación del hombre, a la insignificancia de lo humano ante la máquina y el dinero. En "EL PEQUEÑO MIEDO DEL SIGLO XX" (1949), Mounier escribió:

«Si viéramos reunirse bajo nuestra mirada los elementos históricos y psicológicos de un terror del año 2000, la perspectiva seria del todo diferente a aquella grave espera del año 1000. No nace de una profecía básicamente optimista, sino de una confusión general de las creencias y de las estructuras.

La crisis de las creencias resulta del hundimiento masivo y más o menos contemporáneo de las dos grandes religiones del mundo moderno: el cristianismo y el racionalismo. No es que yo prejuzgue aquí y ahora el valor ni la duración de dicho hundimiento. Simplemente constato su difusión sociológica. Donde, a penas hace un siglo, de entre cien hombres una mayoría profesaba las verdades cristianas, o donde la mayor parte de los demás creían a pies juntillas en la infalibilidad ilimitada de la razón sostenida por la ciencia, allí, digo, se cuenta ahora con un diez por ciento de creyentes cristianos, e ignoro si la proporción de racionalistas convencidos es mucho mayor».

Para Mounier, la respuesta al ateísmo se encuentra en el necesario «humanismo concreto»: no hay seres en abstracto y desarraigados sino “personas” miembros de una comunidad, de una cultura espiritual en cuyo seno se realizan. En palabras de Mounier: «La desesperación no es una idea. Es sobre todo un corrosivo». El ser humano no es un individuo errático, sino un proyecto de comunicación y una íntima participación en la vida.
Precisamente el principal error del existencialismo ateo (Sartre) es el de definir al hombre como proyecto pero sin prestar atención a las condiciones por medio de las cuales dicho proyecto tiene sentido (el amor, la familia, la comunidad). Son precisamente esas instancias comunitarias las que evitan caer en la desesperación, en el desarraigo, y nos permiten abrirnos al sentido en un mundo cada vez más cosificado. “Sentido” y “transcendencia” se descubren como remedios contra la contra la “angustia” y la “desesperación” existencial. La “revolución del siglo 20” no sería, pues, el socialismo que considera a los individuos como números y miembros de una masa, sino el redescubrimiento de una comunidad donde el hombre logre ser “persona” y no simple número. Ello exige, por lo demás, superar la perspectiva tecnológica y instrumental del humanismo renacentista, para recuperar la transcendencia, tal como apunta su análisis del maquinismo en "EL PEQUEÑO MIEDO DEL SIGLO XX". De hecho en este libro, que está escrito en polémica implícita con Jacques Ellul, cae muy posiblemente en la ingenuidad de minusvalorar la máquina y la tendencia de lo que Ellul llamaba “sistema técnico” a dar por clausurada la vida espiritual.

En su libro "REVOLUCIÓN PERSONALISTA Y COMUNITARIA", Mounier describe los valores personalistas que definen “lo espiritual” con estas palabras:

«¿Qué es, pues, para nosotros lo espiritual?
Ésta es nuestra jerarquía de valores: primacía de lo vital sobre lo material, primacía de los valores de la cultura sobre los valores vitales, y primacía, sobre todo, de estos valores accesibles a todo el mundo en la alegría, en el sufrimiento, en el amor de cada día, i que, de conformidad con las definiciones de los vocabularios, denominaremos –dando a las palabras una fuerza que las libere de la vulgaridad– valores de amor, de bondad, de caridad. Esta escala dependerá para algunos de nosotros de la existencia de un Dios transcendente y de unos valores cristianos, sin que otros la consideren cerrada por arriba»

Mounier, que nunca redactó su tesis doctoral en filosofía y sentía un indisimulado menosprecio por la Academia, fue, más que un pensador de sistema, un considerable “constructor de metáforas”, cuya vigencia sigue siendo central en el pensamiento crítico, incluso a extramuros del ámbito cristiano. Señalemos algunas que, como se verá, están marcadas por el intento de reivindicar el cristianismo reapropiándose de temáticas surgidas alrededor de Marx y Nietzsche:
Desorden establecido: situación de la sociedad en que el orden social se fundamenta exclusivamente en lo económico y cuya vigencia degrada a la persona. «Ya no hay más que un dios sonriente y horriblemente simpático: el Burgués. El hombre ha perdido el sentido del Ser, que no se mueve más que entre cosas, cosas utilizables, privadas de su misterio», dice en el "MANIFIESTO AL SERVICIO DEL PERSONALISMO". El desorden establecido puede definirse también como trivialización de la vida.

Rehacer el Renacimiento: alternativa al desorden establecido, que no podrá llevarse a cabo mientras no se separe lo espiritual de lo político y de lo económico para recuperar la espiritualidad ocultada por el pensamiento técnico; «el primer Renacimiento malogró el Renacimiento personalista y desatendió el comunitario –dice Mounier– (...) contra el individualismo hemos de reemprender el primero, pero sólo lo conseguiremos con el auxilio del segundo».

Cristiandad difunta: la que ha muerto por connivencia con el poder del mundo, por olvidar la profecía, por desatender el sentido de la parábola del buen samaritano. Para Mounier es esencial comprender que no hay dos historias, “sagrada” una y “profana” la otra, sino que la Iglesia debe optar por lo que denomina “sobrenaturalismo histórico”. En sus propias palabras: «La tierra ya no puede organizarse fuera de la fe como la fe no puede desarrollarse sin las fuerzas de la tierra». Olvidarlo lleva a «renunciar a la unidad interior de la visión cristiana».
Tercera fuerza: espacio político definido por la doctrina social de la iglesia, entre el comunismo (ateo) y el liberalismo (explotador, utilitarista). Durante algún tiempo esta posible salida fue explorada por el personalismo como síntesis y superación dialéctica de las contradicciones. Mounier, sin embargo, se desdijo muy pronto de este intento porque le parecía poco espiritual. Además era contrario a moverse en el ámbito confesional, poco profético. La pretensión del personalismo es clara: «Restituiremos a la política su bello sentido lleno del aprendizaje total del hombre hacia las cosas de la comunidad». Posteriormente el concepto fue usado por la socialdemocracia y por el político inglés Tony Blair, a finales del siglo 20, como “Tercera vía”.
Revolución personalista: en el primer número de "ESPRIT" (1933), Mounier proclamó: «la revolución será moral o no será». También la definirá como: «una técnica de los medios espirituales»; en otras palabras: se trata de asumir que la sensibilidad y la personalidad de la persona representan una fuerza transformadora. Sin una “conversión” de la persona, la revolución sería sólo un cambio de gobierno, o un cambio en las condiciones de la opresión pero no su finalización.

Humanismo concreto: el que se opone a convertir a los hombres en símbolos y los asume como personas desde su diferencia pero también desde su espiritualidad. Es el humanismo que surge de la revolución personalista.
En cualquier caso, el personalismo es una teoría democrática en el sentido profundo de la democracia; es decir, más allá del puro planteamiento estadístico, el personalismo vincula la democracia con el valor, cualitativo, de la persona y de la comunidad. Por ello mismo, en momentos de degradación de los valores, como en la misma postmodernidad, el personalismo reaparece como un síntoma. Como dirá el propio 

Mounier en "¿QUÉ ES EL PERSONALISMO?", se trata a la vez de:

1.- Una perspectiva que va al hombre como un ser material pero a la vez interior y transcendente.
2.- Un método para analizar la historia y la acción humana desde la perspectiva de la persona.
3.- Una exigencia «de compromiso total y condicional a la vez». Total porque no se limita a la simple crítica de lo que ocurre y condicional, pues la persona a la que se aspira, no es la que vive en el «aturdimiento colectivo» o en la «evasión colectiva».

Es difícil valorar hoy la “actualidad del personalismo” por muchas razones. En cualquier caso está claro que la filosofía personalista, como también el existencialismo, quedó al margen de la corriente de pensamiento central en el siglo 20, es decir, fuera del análisis lingüístico; muchas de sus metáforas aguantarían mal un análisis de este tipo. Es significativo que los actuales pensadores «comunitaristas», muchos de ellos católicos, prácticamente nunca reconocen su deuda con el movimiento personalista pese a que éste se basaba muy especialmente en la reivindicación de la “comunidad”. Y la explicación es sencilla: el comunitarismo actual es de tipo liberal, mientras que Mounier abominaba del liberalismo que consideraba anticristiano por poner al hombre bajo el dinero.

Para Mounier no será posible establecer jamás una comunidad si no se asume que lo gratuito, lo simbólico y en general el ámbito de “la comunicación” han de mantenerse al margen del dinero, que por su propia esencia lleva a romper la cohesión social. Al individualismo que denunciaba, se añade hoy un cosmopolitismo en las comunicaciones (que muchas veces hace imposible “la” comunicación) y una interculturalidad que puede comprenderse difícilmente desde una ética de máximos, (y que tiene algo de postizo, de paternalista y cursi). Sin embargo, no es casualidad que algunas críticas personalistas a la sociedad burguesa hayan reaparecido donde menos se les podía esperar a priori, es decir, en el análisis sociológico de la postmodernidad. Puede entenderse fácilmente que sea precisamente el postmodernismo de Lyotard y Vattimo el que beba de fuentes personalistas porque es precisamente la crítica de Jaspers, de Scheler y de Mounier la primera que se dirigió simultáneamente y en profundidad la herencia “progresista” de la Ilustración y contra el totalitarismo pesimista de Marx, Nietzsche y Freud.

PRINCIPALES EXPONENTES DEL PERSONALISMO

Emmanuel Mounier: 

· Gabriel Marcel:

· Jean Wahl:

· Jean Lacroix:

· Martin Buber:

· Paul-Ludwig Landsberg: